Mundo en Cambio
TuWeb
Mundo en Cambio
Mis enlaces
 
Mundo en Cambio


Prefacio

En el año 1977 se inició una extraordinaria experiencia en Lima, Perú. Se trataba de un congreso para que los estudiantes católicos pudiesen compartir su compromiso de fe, los desafíos que encontraban para vivir una auténtica vida cristiana, sus sueños y alegrías, su compromiso en la línea de una caridad efectiva con los pobres y necesitados de la sociedad. El nombre dado a ese evento fue Convivio.



Desde entonces hasta el 2004 se han realizado 25 Convivios en la ciudad de Lima, con la asistencia de millares de jóvenes. Estos congresos se han llevado a cabo también en otras ciudades del Perú, sumando muchos miles de participantes más. Igualmente se vienen realizando en otros países. Convivio es ya una institución de gran aliento pastoral en América Latina. Son muchos los muchachos y muchachas que esperan el Convivio anual en sus ciudades. La reflexión, el diálogo, la convivencia fraterna, la oración, la adoración a Jesús Sacramentado, la participación comunitaria en la Misa, son ocasiones muy edificantes para un encuentro con Jesús, para profundizar en la fe, en el conocimiento propio, para hacer nuevas amistades cristianas y para comprometerse en una acción apostólica y social.



En ese primer Convivio me encargaron dar una conferencia titulada Un mundo en cambio. Desde entonces el mundo se ha transformado bastante, y la velocidad del cambio parece cada vez mayor. El horizonte de esperanza en el cual tenemos puesta nuestra mirada es un aliento constante en el caminar, y en estos años recorridos permite descubrir manifestaciones de la bondad y el amor de Dios por el hombre y de la generosa respuesta de muchas personas a esa gracia. De otro lado, acontecimientos de la magnitud de la caída del comunismo soviético han dado una nueva configuración al orbe. Signos de una cultura de muerte como la guerra, el hambre, la pobreza, el terrorismo, no sólo no han desaparecido sino que en muchos casos han incrementado su presencia y sus devastadores efectos. Han surgido nuevas y peligrosas ideologías, o se han reforzado tendencias ya existentes, como el agnosticismo funcional, el relativismo, el subjetivismo, la superficialidad, el confort como ideal de vida, la “racionalidad” tecnológica, que constituyen serias amenazas a la existencia y dignidad de la persona humana.



Sin la intención de un discurso sistemático, he preparado unos apuntes con el deseo de señalar algunas de las manifestaciones del naciente siglo XXI que constituyen desafíos para la realización de la persona humana. Pienso que las Reflexiones de cara al tercer milenio, que en esta publicación introducen el tema del cambio y la permanencia, constituyen una presentación de ciertas tendencias y rupturas que amenazan al ser humano y su realización. En algunos casos he incursionado un poco en la historia, procurando ofrecer con ello una mejor perspectiva. La atención a los desafíos tiene como trasfondo a la propia persona y su sentido teleológico, esto es, su orientación hacia la meta de la existencia humana. La conciencia de dicha meta plantea la necesidad de ahondar en los obstáculos que se presentan. Más aún, de tomar conciencia de los medios proporcionados que debemos aplicar en la propia vida para llegar a ella. Y eso lo descubrimos en el Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre[1], y en la fe que nos dona y cuyo contenido se encuentra en el sacro Depósito que con fidelidad custodia la Iglesia. Es bajo su luz que el ser humano encuentra su propia identidad y se abre hacia el pleno desarrollo de su ser.



Señalar los obstáculos y tribulaciones que constituyen un grave desafío a la realización de la persona humana no es excusa para el pesimismo o el abandono. Todo lo contrario, es una ocasión para asumir con realismo las características del mundo que estamos viviendo, y para sumergirnos en la aventura de la existencia, y luchar, con el auxilio de la gracia amorosa que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones[2], por dejarnos transformar según Cristo. De esa manera podremos avanzar hacia la propia realización personal y colaborar en la construcción de un mundo mejor, más justo, fraterno, reconciliado, humano, e ir construyendo la anhelada Civilización del Amor.



Luis Fernando Figari


Foto
Foto
Foto

Reflexiones de cara al tercer milenio

El Santo Padre, al cruzar el umbral del tercer milenio, decía recordando las palabras del Señor Jesús: «“He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”[3]. Esta certeza... ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios y se ha avivado ahora en nuestros corazones... De ella debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su discurso de Pentecostés: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?”[4]. Nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!»[5].



Se ha iniciado el tercer milenio. En muchos aspectos podría decirse que el ser humano no ha logrado liberarse de los asuntos que trae desde el siglo XX. Sus miedos y temores, sus angustias y esperanzas, continúan presentes. Caminamos confiados en la promesa del Señor Jesús hacia un horizonte cargado de esperanza. Pero, somos también conscientes de que en el camino se plantean muy graves desafíos.



La preocupación por la persona humana, por el respeto a su dignidad, por el sentido de su existencia en la sociedad y en el mundo, está como trasfondo de estas reflexiones. Con esa preocupación nos dejamos interpelar por la pregunta que recogen los Hechos de los Apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?».



Ante los desafíos



Se dice que el primer paso para resolver un problema es reconocerlo. Tomar conciencia de los desafíos que en el mundo actual de una u otra manera atentan contra la dignidad del ser humano o ponen en riesgo su realización personal y social es, pues, una tarea necesaria. El realismo de la esperanza que vivimos por la fe en Jesús el Señor, nos permite aproximarnos con serenidad y sin ingenuidad al complejo panorama del mundo que se ha empezado a vivir de cara al siglo que estamos iniciando.



La clave de aproximación la encontramos en el Señor Jesús. Él es la Luz que ha venido al mundo para que no caminemos en la oscuridad y tengamos la luz de la vida[6]. Él ilumina nuestro interior y nos revela la identidad profunda del ser humano[7]. Él es el Sol de Justicia que aleja las tinieblas de los senderos. Cuando la noche acecha, la Bella Luna, María Santísima, resplandece con el fulgor de la Luz, y así se abre la oscuridad por más densa que parezca, y el viador puede percibir la realidad y mejor discernir los pasos que debe dar para desplegarse como ser humano y aportar a la realización de un mundo mejor.



Por otro lado, ante la oscuridad que amenaza se constata que para muchos la fuga de sí se ha acrecentado y se ha llegado a la urgencia de establecer filosofías de lo irreal. La meta-realidad, así como la llamada realidad virtual, han pasado de los gabinetes de los pensadores a las pantallas de cinema y a la resonancia de los efectos especiales. La gente acude a los cines y mira los videos entretenida por un alud de efectos que encubren una filosofía subyacente, muchas veces poco clara, como ese fenómeno que se ha denominado “postmodernismo”. De esa forma, poco a poco, se va asimilando una visión ideologizada de las cosas y de uno mismo.


¿Es todo ideología?
La excusa de que todo es “ideología” es ciertamente sólo eso: una excusa. Y es que no todo es ideología en el mundo. Pero la ideología existe y está más difundida de lo que uno pudiese creer. Se trata de un sistema, o por su número sería mejor decir de sistemas cerrados, intramundanos, que según el célebre Eric Voegelin están insuflados de “gnosticismo”, que en su opinión es una ciega confianza en la razón para transformar la tierra y convertirla en un paraíso mundano. Cada ideología sería una especie de cosmovisión secularizada que tiende a la supresión de toda verdad que sea incongruente con su perspectiva reductiva, fragmentaria. Ciertamente se trata de graves desorientaciones que obstaculizan seriamente o impiden una comprensión adecuada del ser humano, su convivencia social y su entorno histórico y ambiental. Toda “ideología” está impregnada de un desdén por la verdad del ser y del espíritu abiertos a la trascendencia, sirve de pretexto para evitar dar cara a las realidades ontológicas y así ayuda a dejarse caer en un relativismo nominalista en el que se identifican realidad y lenguaje. Identificación arbitraria que nunca tendría asidero en lo real, pues “han” decretado que lo real no existe, que la verdad no existe, que todo es sólo ilusión.

¿Será ésa la razón por la que ciertas visiones orientalistas —como se las llama hoy— despiertan entusiasmo en algunos?

Es inevitable asociar a los neo-flautistas de Hamelin con el hindú Sánkara y su maya. Todo sería pura ilusión, y al estar sumergidos en la ilusión sería imposible confiar en percepción alguna. Lo mejor según esta perspectiva sería aprender los secretos de la ilusión (maya) y así lograr sobrellevarla por inmersión resignada en ella. ¿Acaso no se escucha un eco atronador de esos conceptos, aunque con etiquetas más occidentales, en escritos como los del melancólico vate de esa corriente denominada “postmodernismo”, Jean Baudrillard, y en los de sus seguidores?

¿Postmodernismo?

Dicen algunos que se vive hoy el tiempo del “postmodernismo”. La palabra misma tiene un contenido de fatalidad. No lleva una propuesta positiva sino que se autodesigna como lo que “viene después”. Un mero “post” sin rumbo, sin dirección, expresando el vacío y descontento de aquel ser humano que ha visto agotarse las “esperanzas” que le trajeron la modernidad y la ilustración con su fe ciega en un progreso y un imperio de la razón absoluta que parecía imbatible. Ciertamente hay rasgos gravemente negativos en la sociedad y en la cultura de muerte que hoy se difunde. Es un hecho que ningún triunfalismo, por más pomposo que se presente, puede borrar. Frente a esa situación, desde los lentes “postmodernos” surge un sentido de frustración y se puede escuchar en él que “nada se puede hacer” ante la fuerza hegemónica de lo “irreal”. Estamos frente a todo un discurso sistemático en el que para algunos el nihilismo alcanza altos niveles de humores embriagantes.



¿Solamente nihilismo o evasión?

El trágico panorama del siglo XX con sus injusticias, violencias, guerras, “racionalizaciones”, pérdida del noble sentido de la existencia, ha llevado a demasiados a abrazar el nihilismo. Tanto uno explícito y proclamado, como uno implícito y oculto bajo la acedia, la desazón y la fuga en los pliegues de la existencia.

La “mentira existencial”, escotosis, ha producido más de una contradictoria fórmula. Existe hoy una tendencia de pensamiento de quienes no consideran adecuado ni el secularismo ni religión alguna. Sus propulsores, que no vacilan en acudir a algunas de las “psicologías”, lo llaman tanto “espiritualidad madura”, como “espiritualidad escéptica”. Esto no tiene sentido. ¡El absurdo no tiene límites! El escepticismo o niega la verdad o niega que el ser humano sea capaz de conocerla. ¿Cómo puede haber una “espiritualidad escéptica”? En el mundo de la coherencia tal cosa no es posible. Sólo se puede entender como un intento de racionalizar la fuga de sí, el abandono de la realidad humana con su dimensión horizontal y vertical, abandono que, como toda alienación, es absurdo. Es un escapismo más ante el clamor de la interioridad de la persona que expresa una nostalgia del infinito. Y es que ni el nihilismo ni el escepticismo, que son casi hermanos, constituyen solución alguna a la realidad existencial del ser humano.

¿Pero es la elección de uno de estos polos la única actitud posible? Quizá lo sería para quien ve su confianza traicionada, sus proyectos fracasados, su horizonte recortado, su miedo a ser, su medida de la realidad sobrepasada o abandonada. Pero ciertamente no lo es para quien tiene una clave de lo real que no depende de subjetivismos de cualquier tono, dígito u onda, sino de lo Real mismo. No lo es para quien está dispuesto a descubrir el sentido de su existencia concreta, de su misión, del horizonte de la vida humana. Definitivamente no lo es para quien no teme abrirse a la luz de la Revelación, viéndola como una ayuda para el viador y no como una competencia, como parece que la consideran algunos.

¿Acaso no tenemos la lección del sabio que dice que si Dios no construye la casa, aquello que se pretende edificar terminará por caer y aplastar al ser humano? ¡Y la historia lo va confirmando! Todo esfuerzo de espaldas a Dios es vano, es ilusorio. Y en vano se esfuerza quien pretende asumir un proyecto existencial en el que Dios no existe.

Hoy son muchos los “ateos prácticos”, o, como mejor se los denomina, agnósticos funcionales. Es cierto que encuestas muy recientes hablan de un 80% de seres humanos en el mundo que creen en una deidad suprema. Sin embargo, esos indicadores no manifiestan necesariamente una vida coherente con dicha creencia, sino tan sólo lo que se llama hoy “creyentes cuantitativos”. No son pocos los que afirman “creer” —incluso entre los católicos— pero evaden la práctica. Poco a poco se van adhiriendo a un “sistema” y acostumbrándose a hacerlo, y evitan la luz que brota de la fe y que ilumina la vida cotidiana, esquivan el compromiso que invita a un ejercicio consciente que lleva a profundizar en aquellas verdades encontrando el sentido que ellas le otorgan a la propia vida y al entorno. La ruptura entre fe y vida cotidiana —creyentes que reducen la religión a un compartimento cerrado dentro de sí que sólo se abre en ciertas ocasiones— es uno de los mayores males que pueden ocurrir, y su incidencia va llevando a arrasar con la verdad a lomos de un adormecerse de la conciencia.

Pero las cosas no deben caer en lo que los profetas del nihilismo celebran con tonos tan trágicos como melancólicos. Tampoco el establecer compartimentos para encerrar en uno la fe, lo que siempre lleva el sino de la incoherencia. Igualmente carecen de sentido las evasiones que ignoran lo que viene ocurriendo en el mundo. Dichas actitudes caen efectivamente bajo el dominio de lo ilusorio. ¿Quizá tales fugas son otra forma de nihilismo? Un nihilismo “lite”, ligero. ¡Un nihilismo con sordina!



PAG 1

ESCRÍBEME:
Me interesa tu opinión